Llegué justo en el momento en que, en el modesto cementerio junto a la iglesia, se celebraba un entierro. Me coloqué a un lado, esperando el fin de la ceremonia. Mientras, el pastor –menudo, encorvado y con su cabeza calva balanceándose– decía algo, puesto en pie sobre un montículo de tierra removida y arenosa. Me acerqué un poco para oírlo.
–Inclinémonos ante Dios, quien nos ha enviado esta muerte –le oí decir dirigiéndose a una veintena escasa de personas allí congregadas, las cuales se apretaban unas contra otras para caber en la sombra de una exigua acacia–. Démosle las gracias por ella, sí, las gracias. Pues la muerte nos libera de nuestras pasiones dañinas, de nuestras risibles ambiciones y de nuestras aspiraciones irreflexivas. ¿Sabéis qué son todos esos deseos que tanto nos enardecen? Pues no son nada, repito: nada. La muerte no sólo golpea a aquellos que han traspasado su umbral. Al mismo tiempo, desvela la miseria de los vivos, les recuerda que no son más que polvo. La muerte es grande porque es indulgencia y perdón. Ve nuestros defectos, nuestra cortedad de miras, nuestros pecados, y sin embargo, abre los brazos y nos acoge a todos. Es bondadosa y por eso, a pesar de todas nuestras culpas, nos lleva a su reino, el cual es eterno y sólo desea una cosa: ¡que permanezcamos en él!
Paseé la mirada por los hombres. ¿Acaso alguno de ellos había comprendido las palabras del pastor? De pie en torno al hoyo cavado, aparecían callados y apáticos, enjugando una y otra vez sus rostros, viejos y bañados en sudor.


