
AMOR
Un día un hombre conoció a una joven señora en casa de unos amigos, pero no se fijó bien en ella; vio que tenía una larga melena roja, un rostro de huesos firmes con pómulos prominentes de campesina eslava y unas manos pesadas con uñas muy cortas. Le pareció tímida y casi temerosa de hablar y expresarse. El esposo, un hombre robusto con ojos agudos y suspicaces en un rostro encerrado, parecía respirar con el cuello inflado como el de las ranas cuando cantaban. Tenía sin embargo los tobillos frágiles y seniles, y las dos cosas, el cuello y los tobillos, daban al mismo tiempo la idea de fuerza y de debilidad.
El hombre sabía que estas primeras impresiones, casi definitivas, no podían serlo del todo, porque estaba distraído y porque no había pasado nada; de hecho, casi no se da cuenta del momento en que se fueron de la casa y no se acuerda del timbre de voz de ninguno de los dos.
Pasó el tiempo y él los volvió a ver en un restaurante. Aún más: vio sólo a la mujer, parada junto a la mesa y a punto de sentarse: en esa posición se volteó y, con un leve movimiento de la gruesa mano que alisaba el pelo color zanahoria, irguió la espalda. Tenía un vestido de casa negro, un cinturón dorado que se ajustaba a los lados, unas zapatillas negras con hebilla, y, sin embargo, por una fulminante coincidencia de razones tan misteriosas como casuales, estaba hermosísima. El hombre que la miraba desde una mesa más bien lejana sintió aumentar felizmente los latidos de su corazón, porque comprendió que sabía todo de ella. También ella sabía todo de él (también esto él lo sabía), porque en ese mismo instante se volteó, lo reconoció y lo saludó con un sonrisa exultante que inmediata e ingenuamente buscó contener dentro de los límites de los buenos modales. Pero el ímpetu de esa sonrisa le había hecho levantar los brazos y las manos de la mesa y la punta de las zapatillas que se apoyaban sobre el piso como si fuera a levantarse. Fue cuestión de un segundo, luego la mujer se dirigió a los comensales con un gesto gentil pero serio, a menudo escondido por el pelo, y las zapatillas volvieron a calmarse. Entonces la miró algo menos encantado y un poco más curioso teniendo en cuenta que era, o habría debido ser, una extraña; pero incluso este modo de observarla, con el que hubiera querido retener detalles banales, no hacían más que confirmar la inmensa y natural belleza de esa presencia femenina, al punto de que el restaurante le pareció desierto o, si acaso, envuelto en el sinsentido de colores y sonidos como los que se veían a veces en las viejas y quizás malas películas. El hombre de repente se sintió débil y reconoció la emoción que sentía de niño cuando veía subir a su madre los días invernales, con el cuello del vestido que le sobresalía por las pieles de zorro de puntas blancas, la boca roja y brillante y el lunar sobre el maquillaje. Levantó los ojos de la mesa en el mismo momento en el que ella también los levantaba oblicuamente hacia él, sin sonreír más pero con el rostro ruborizado, oprimido por un dolor injusto e imprevisible que no comprendía. Los ojos eran los de un mongol, abiertos como si mirase en la oscuridad.
Una noche, junto a unos amigos que nombraron a aquella pareja, el hombre se sorprendió diciéndose a sí mismo, en voz alta para ocultar su emoción: “El destino hará que nos encontremos una vez más”. Sus amigos no entendieron a qué se refería, pero momentos después se oyeron algunos automóviles y un grupo ruidoso y festivo, en el que la alegría no era plena, enturbiada por algo, entró en la casa: se vieron unos segundos, e incluso agacharon la mirada. Después de los primeros momentos de timidez, hablaron. Ella le contó que durante muchos años había estudiado danza clásica, pero que la había abandonado cuando se casó, dedicada a las obligaciones familiares. Ahora, cada cierto tiempo, experimentaba una gran nostalgia.
“¿Por qué?”
“No, no lo sé”.
“Quizás le habría gustado convertirse en bailarina”.
“Me habría gustado, pero, sabe, pocos lo logran, y además me casé. No entiendo por qué siento una gran nostalgia. Pues soy feliz, adoro a mi marido y a mis hijos, nuestra familia es perfecta y es, para mí, lo más importante. Es raro. Mi marido dice que es agotamiento nervioso.”
El hombre sabía que no era extraño, pero, por respeto y delicadeza, no lo dijo. Se volteó y vio al marido, en quien casi no se había fijado. Estaba hundido en una poltrona y, cuando respiraba, su cuello adoptaba un aire autoritario y decimonónico. Incluso lo que decía era autoritario, pero los débiles tobillos le restaban autoridad al modo en que se refería a las cosas (y a las cosas mismas) y estas parecían surgir de la boca con soplos leves y regulares que se perdían en la habitación. Él lo entendió y se hundió aún más en la poltrona, evitó hablar y comenzó de ese modo y en ese momento a cultivar dentro de sí la paciencia y la astucia.
El hombre observó que la mujer fumaba y bebía mucho. Su voz, lentísima e infantil, que expresaba conceptos elementales, era un poco ronca, y cada tanto tosía. No obstante, su belleza se conservaba limpia e intocada como si no tuviera marido, hijos ni familia y como si no hubiera bebido ni fumado nunca.
El hombre pasaba muy raramente por la ciudad donde vivía la pareja, pero la volvió a ver a ella de nuevo, a través de las ventanillas, mientras los autos corrían en direcciones opuestas, y ella lo saludó con la misma sonrisa impetuosa con la que lo había saludado esa noche en el restaurante. Cada uno conducía solo su automóvil (eran dos automóviles de la misma marca y del mismo modelo) y los dos frenaron bruscamente. El hombre esperó que la calle quedara libre, dio la vuelta en el automóvil y se acercó al de ella al otro lado; cuando estuvo cerca, ella arrancó y él la vio unos pocos segundos por el espejo, con el rostro hinchado como el de un muchacho al que le han encajado un golpe muy fuerte; por esto la dejó ir.
Un día la mujer lo llamó por teléfono desde muy lejos para invitarlo a cenar, un domingo. Él, primero que todo, no entendió de qué se trataba, después fue presa al tiempo de la sorpresa y de la emoción. Le dijo que habría hecho cientos de kilómetros, muchas veces, sólo por verla, y habló inconexamente por unos momentos. Ella respondió que debía “dejar” el teléfono.
Se volvieron a ver en una gran fiesta, el rostro de ella en su redonda cabeza estaba hermosísimo, atemorizado e infeliz, pero había también en aquel rostro, por desgracia, una aguda soberbia que lo hería y, sobre todo, hería las palpitaciones que se apaciguaron hasta recobrar la normalidad. Cuando tuvieron la oportunidad de hablar (aunque ella se le escabullía y él bailó todo el tiempo con una hermosa mujer que reía echando para atrás la cabeza), le dijo que estaba ofendida y disgustada por todo lo que le había dicho por teléfono. Era feliz, muy feliz, y estaba enamorada de su esposo, y su matrimonio era “magnífico, excepcional”. Le dijo que le había contado a su marido de esa llamada porque no había secretos entre los dos. Cuando dijo esto sonrió orgullosa, pero su rostro estaba petrificado por el dolor y la vergüenza y dos arrugas se le habían formado en las comisuras de la boca casi hasta el mentón. El hombre vio al marido que los observaba de reojo y que ahora se giraba, perdiendo y conservando su autoridad. En cierto momento se sentó sobre una escala fingiendo seguir la música de la orquesta que estaba ahí al lado, y con la garganta y los ojos hacia arriba profirió un grito amargo, quemante, que en la confusión de la velada nadie escuchó.
De repente la mujer dijo: “Déjame en paz”, y se alejó del hombre irguiendo la espalda y con pasos dolorosos y ágiles se situó junto a una ventana con el vaso de whisky en la mano. Más tarde alguno dijo que había llorado y hecho una escena, tal vez porque había bebido.
A pesar de todo, el hombre fue invitado por ellos a una gran cena y no se quiso negar, por educación y porque deseaba verla de nuevo. Se sentó a la derecha de ella, que mantenía las arrugas a cada lado de la boca; le hablaba como retándolo y no sonrió jamás, y si lo hacía se mostraba desdeñosa y con el rostro tenso, en algunas partes tumefacto. En las dos o tres ocasiones en las que las manos o la espalda de los dos se rozaron, ella se apartó, ofendida. El hombre tuvo cuidado de que no volviera a pasar y alejó la silla; incluso, después de un momento se levantó y dio algunas vueltas por la casa. Pasando por un corredor penumbroso, en horas ya avanzadas, se encontró con una niña en piyama, solitaria, rubicunda como la madre, a la que él le acarició la cabeza; la niña de repente le tomó la mano, la puso sobre su pecho (como si estuviera dormida) mirando hacia el corredor con largos mechones adormecidos al aire. Después soltó su mano y se fue quién sabe adónde. El hombre volvió al gran comedor donde el marido repartía champaña: ella siempre estaba sentada en la cabeza de la mesa, fuerte y severa; el marido sonreía, bondadoso y servicial.
El hombre regresó cada vez menos a esa ciudad. No volvió a ver a la pareja de esposos, pensó en ella y siempre le pareció que había pasado mucho tiempo. Al contrario sólo habían pasado algunos meses, pero el sentimiento que él y la joven señora habían experimentado (y que queda aquí descrito) era tal que ellos, sin quererlo y sin saberlo, habían vivido y disperso en el aire en muy poco tiempo algunos años de su vida.
8 serifa(s):
Muy triste y muy lindo el cuento.
Sí, Caro, es triste y es bonito. Yo no sé, la vida, que se empeña en manifestarse así.
No es la vida la que se manifiesta así, es el hombre quién decide como se manifiesta!
Luciana,
Disculpe, pero insisto en ser fatalista, pues sigo sintiendo que la vida es como ese río de Heráclito que siempre cambia; uno está metido hasta la cabeza en ese río (lleno de lama y con peligrosos troncos y turbio), y este se desborda y parece llevarse con violencia las personas que más amamos. No tiene una corriente compasiva ese río. Y sólo nos queda... o sólo me ha quedado a mí -como el último resguardo de ese amor, de ese afecto eterno- recurrir a la honestidad, a intentar descifrar la verdad propia y expresarla, aunque eso implique mucho dolor. Ser deshonesto sobre los propios sentimientos es deshonrar el amor y los recuerdos de felicidad imborrable que se tuvo con esa persona a la que se amó y que nos cambió para bien y para siempre.
Milserifas, No me parece fatalista, me parece curioso..., pues la vida es así, cambia, y esos cambios son los que la constituyen. No como la muerte que solo aguarda y abraza. La vida la abraza a ella también (a la muerte) y permite movimientos. Permite ríos de todas las clases. La vida no solo es ese río de Heráclito. El río se puede canalizar, ahí estamos para construir muros y dejar que se desborde y arrase con lo que no queramos, pues créame, si se ha de desbordar ya hemos protegido lo que realmente amamos...
Milserifas, por qué dejarlo todo a manos del río??, por qué escondernos en sus caudales??? Por qué no luchar??
Como el río, la verdad propia es una conquista, también el amor. No se puede ser deshonesto pero cuando existen recuerdos de felicidad imborrable hay algo más que el río de Heráclito.
Milserifas hoy amanecí pensando en nuestro intercambio..., y me faltó decirle que estoy de acuerdo con usted, la deshonestidad y la falta de sinceridad deshonran al amor. Pero también al amor y a la vida los deshonra su negación y la falta de lucha de asumirlos realmente.
¿Me pregunto por qué en algunos casos no se da esa lucha por asumir el amor y la vida (y más en el caso -o precisamente porque es el caso- de que ese amor sea el más grande que dos personas pueden vivir)? Y la única -escasa y torpe- respuesta que se me ocurre en este instante es que una de las dos personas sienta en algún momento la necesidad de detener ese amor porque tiene la convicción de que no lo merece, no merece tanta felicidad, porque en el fondo esa persona se siente ruin e imperfecta frente a la otra persona: hermosa, luminosa y merecedora de un amor sin la mancha de ninguna culpa.
Ay, Milserifas... Creo que la cobardía del hombre es inmensa...
Yo creo en el amor y creo que va más allá del merecimiento y la culpa. Es otra cosa... Es una fuerza que es capaz de detener caudales por más turbios que estos sean. Es capaz de enfrentarnos y al mismo tiempo liberarnos. Es una invitación a arriesgarse sumergiéndonos en muchas sensaciones y contradicciones. Es una exigencia y una provocación para navegar y crecer porque somos nosotros los responsables de río, de los desbordamientos y demás. El amor es el que nos hace ver y sentir las cosas más pequeñas del universo, no es más..., es lo más simple, el que nos hace sentir, nos refugia y nos cura.
Upa! Cuanto escribí!!! pero como le dije yo creo que el amor es otra cosa... es definitivamente una conquista!!! Usted me hace pensar en un cuento zen que leí hace algún tiempo, y hay se lo dejo tal vez es tan sencillo y complejo como el amor.
Intrepidez
"¿Que es el amor?"
"La ausencia total de miedo", dijo el maestro.
"¿Y qué es a lo que tenemos miedo?"
"Al amor", respondió el maestro.
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